sábado, 7 de noviembre de 2026

Reivindicación de la militancia alegre



Las recientes victorias electorales de la Lista Estudiantil en Serbia, de Lula da Silva en Brasil y del Partido Demócrata en las elecciones de medio mandato estadounidenses me animan a plantear una reflexión que quiere ir más allá de los resultados de cada país. En un escenario internacional marcado por el ascenso de las derechas radicales, la brutalización política y el deterioro de la confianza ciudadana en las instituciones, creo que estos acontecimientos plantean una pregunta fundamental: ¿en qué condiciones puede transformarse el descontento social en una fuerza democrática capaz de modificar las relaciones de poder?

Es cierto que los tres procesos responden a circunstancias diferentes, por lo que sería equivocado presentarlos como manifestaciones de una misma corriente ideológica; tampoco cabe deducir de ellos que estemos asistiendo a un cambio de ciclo, al retroceso generalizado de las fuerzas autoritarias. Pero, considerados conjuntamente, considero que nos permiten explorar algunas claves sobre la relación entre malestar social, movilización ciudadana y participación electoral.

Serbia: cuando la protesta construye una alternativa

El caso serbio es, seguramente, el más singular de los tres. La victoria de la Lista Estudiantil es la culminación de un proceso de movilización iniciado tras el derrumbe, en noviembre de 2024, de la marquesina de la estación ferroviaria de Novi Sad, que provocó dieciséis muertes. Aquella tragedia se convirtió en símbolo de la corrupción, la opacidad institucional y la ausencia de responsabilidades políticas características de la política serbia y así, lo que comenzó como una exigencia de justicia por unas víctimas concretas, terminó cuestionando el funcionamiento del sistema político.

Las movilizaciones estudiantiles de protesta consiguieron extenderse mucho más allá de las universidades y profesorado, profesionales sanitarios, agricultores, trabajadores y trabajadoras de distintos sectores, así como personas de diferentes generaciones, fueron incorporándose a un movimiento que encontró en la exigencia de responsabilidad democrática un motivo compartido de participación.

La noviolencia desempeñó un papel fundamental en el desarrollo del movimiento. Las movilizaciones combinaron manifestaciones multitudinarias con formas sostenidas de no cooperación y desobediencia civil, como ocupaciones y bloqueos de facultades universitarias, interrupciones deliberadas del tráfico, cortes prolongados de importantes vías de comunicación y jornadas de paralización de actividades laborales y comerciales. Especial fuerza simbólica adquirieron los dieciséis minutos de silencio a las 11:52, hora del derrumbe de Novi Sad, durante los cuales se detenía la circulación en calles y plazas. Aquellas interrupciones convirtieron el recuerdo de las víctimas en una exigencia cotidiana de responsabilidades. La continuidad de estas acciones, su organización asamblearia y su carácter mayoritariamente noviolento contribuyeron a ampliar la participación social y a mantener la presión sobre las instituciones.

Pero lo más interesante fue su capacidad para construir una organización política desde abajo. Las asambleas universitarias, las redes de apoyo y la incorporación de personas procedentes de distintos ámbitos profesionales permitieron transformar una movilización de protesta en una alternativa electoral, de modo que la Lista Estudiantil consiguió trasladar a las urnas una energía social que había nacido fuera de las instituciones.

Desde la perspectiva de los movimientos sociales, estamos ante una experiencia especialmente sugerente de capacidad instituyente, ejemplificando la posibilidad de que la acción colectiva genere nuevas formas de organización y representación política. Queda por comprobar si esa capacidad podrá mantenerse cuando llegue el momento de gobernar, negociar y afrontar las contradicciones propias del ejercicio del poder.

Brasil: una mayoría estrecha frente a una sociedad dividida

La victoria de Lula presenta características muy diferentes, pues aquí encontramos a un presidente en ejercicio, respaldado por una organización política consolidada y por una potente trayectoria históricamente asociada a la reducción de la pobreza, la protección social y la ampliación de derechos. Su reelección, con el 51,79 % de los votos frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro, pone de manifiesto la persistencia de una importante base social vinculada al lulismo, pero también la extraordinaria fortaleza electoral del bolsonarismo. En la segunda vuelta, que permitió recomponer una mayoría ajustada después de que Bolsonaro hubiera superado a Lula en la primera, la movilización adicional y la capacidad de atraer apoyos más allá del electorado propio resultaron decisivas.

Por lo que he podido ver, en este resultado confluyen causas diversas. Si para una parte de la ciudadanía, Lula encarna una experiencia de mejora de las condiciones materiales de vida y una expectativa de protección frente a la inseguridad económica, para otra su candidatura ha constituido la única opción frente a las propuestas políticas del bolsonarismo. Aunque ambas motivaciones han podido coincidir en las urnas, es necesario reconocer que la polarización brasileña tiene raíces sociales, territoriales, culturales y religiosas que desbordan cualquier explicación sencilla y, sobre todo, nos obligan a mantener cautela en cuanto al futuro. Porque el ajustadísimo resultado revela los límites de la victoria electoral: la sociedad brasileña continúa profundamente dividida y la continuidad del Gobierno de Lula no implica que hayan desaparecido las condiciones que alimentan a la derecha radical.

En todo caso, Brasil muestra la capacidad de una fuerza política institucionalizada para reunir una coalición electoral mayoritaria en un contexto de intensa polarización, pero también las dificultades que supone transformar una victoria ajustada en un proyecto de país ampliamente compartido.

Estados Unidos: recuperar los contrapesos al poder

Las elecciones de medio mandato estadounidenses, que suelen funcionar como una evaluación de la presidencia y ofrecen al electorado la posibilidad de modificar los equilibrios de poder en el Congreso sin cambiar a quien ocupa la Casa Blanca, responden a una lógica institucional distinta. El avance del Partido Demócrata debe interpretarse, seguro, teniendo en cuenta el habitual desgaste del partido presidencial, pero también las circunstancias específicas del segundo mandato de Trump. Las preocupaciones por el coste de la vida, las controversias sobre muchas decisiones gubernamentales y el rechazo a una concentración excesiva del poder presidencial forman parte esencial del contexto en el que se ha desarrollado la elección.

Hay otro aspecto de las elecciones estadounidenses que merece especial atención: la emergencia de nuevos liderazgos demócratas que están modificando el perfil social y político del partido. El fenómeno venía manifestándose desde la llegada de Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York y encuentra nuevas expresiones en candidaturas como la de Abdul El-Sayed en Michigan, médico de ascendencia egipcia y defensor de la sanidad universal, o en las victorias en Nuevo México de Deb Haaland, integrante del pueblo Laguna Pueblo y primera mujer indígena elegida gobernadora de un estado, y de Gina Hinojosa, primera gobernadora latina de Texas. Estas y otras figuras reflejan una ampliación de los perfiles sociales que acceden a posiciones de representación institucional, acompañadas de una agenda económica centrada en las dificultades cotidianas de las clases populares y de una crítica explícita a las estructuras tradicionales del poder político y económico.

Resulta especialmente significativo que algunas de estas candidaturas hayan conseguido movilizar a sectores desencantados con el Partido Demócrata, apoyándose en redes de activismo comunitario, organizaciones sindicales y movimientos sociales. La cuestión va más allá de la renovación de los nombres o de la diversidad de sus orígenes, y apunta (como en Serbia) a la posibilidad de reconstruir vínculos entre la representación política y experiencias sociales que durante demasiado tiempo han encontrado escasos cauces de expresión institucional, disputando los espacios institucionales tradicionalmente ocupados por las élites partidarias.

De la indignación a la militancia alegre

¿Qué pueden tener en común estas tres experiencias? Una primera respuesta apunta a la posibilidad de romper la resignación política. En sociedades donde muchas personas perciben que las decisiones fundamentales escapan a su control, la participación puede recuperar sentido cuando existen oportunidades reales de modificar las relaciones de poder. La conocida distinción de Albert O. Hirschman entre la salida, la voz y la lealtad como respuestas posibles ante el deterioro de las organizaciones y las instituciones, puede ayudarnos a comprender por qué, ante situaciones de descontento, unas personas optan por retirarse, desentenderse de la política o abstenerse, mientras otras deciden intervenir para cambiar las cosas.

Serbia ofrece un ejemplo especialmente claro de transformación de la indignación en acción colectiva sostenida; Brasil muestra la importancia de las organizaciones políticas y sociales capaces de movilizar electorados diversos; y Estados Unidos permite observar cómo el malestar puede canalizarse hacia mecanismos institucionales de control del poder. En los tres casos resulta necesario preguntarnos qué convierte una experiencia individual de agravio en una disposición colectiva a participar. Las desigualdades, la inseguridad vital, la sensación de abandono o la percepción de que las instituciones protegen determinados privilegios pueden generar resentimiento, retraimiento o protesta, y su traducción política depende de los marcos de interpretación disponibles, de las organizaciones que consiguen articular esas experiencias y de las expectativas de cambio que logran suscitar. Por eso el descontento no tiene una orientación ideológica predeterminada, pudiendo alimentar respuestas autoritarias, movimientos de protesta sin continuidad o proyectos de transformación democrática. La cuestión fundamental es cómo se organiza ese descontento y qué horizonte político se le ofrece.

Las tres elecciones permiten también recuperar una dimensión de la democracia que habitualmente queda oscurecida por su reducción a los procedimientos electorales, y es que la democracia necesita instituciones, garantías jurídicas y mecanismos de representación, pero su vitalidad depende sobre todo de la existencia de una ciudadanía capaz de actuar colectivamente. Como escribió R.H.S. Crossman en su clásica Biografía del Estado moderno: “El éxito de las instituciones democráticas depende de que exista una minoría suficiente de demócratas activos y responsables que las mueva”. Aunque no es posible presentar estas victorias como expresión de una misma oleada global de izquierda (solo Lula pertenece a una tradición política reconociblemente vinculada a ella), las tres comparten un mismo trasfondo progresista al mostrar la capacidad de la ciudadanía para intervenir democráticamente en situaciones de malestar, disputar el poder y modificar los equilibrios políticos mediante la acción colectiva y la participación electoral.

Pero, a mi juicio, la enseñanza más interesante de estas experiencias es que la esperanza política puede surgir de la propia movilización, que no es necesario tener garantías de que las cosas cambiarán para comenzar a actuar. Estas tres historias en concreto y la historia en general nos muestran que es la experiencia compartida de la acción, el descubrimiento de otras personas con preocupaciones semejantes y la comprobación de que el poder depende de nuestra cooperación lo que permite recuperar la confianza en las posibilidades de transformación de la acción colectiva.

En su ensayo Joyful Militancy: Building Thriving Resistance in Toxic Times (Militancia alegre: construir resistencias que florezcan en tiempos tóxicos), Carla Bergman y Nick Montgomery recuperan la concepción spinoziana de la alegría como aumento de nuestra potencia de actuar para defender una militancia capaz de generar vínculos de confianza, cooperación y responsabilidad compartida. Su reflexión resulta particularmente sugerente en estos tiempos en los que la actividad política parece dominada por el miedo, el resentimiento y la desconfianza, sentimientos que también pueden instalarse en el interior de los movimientos emancipadores, alimentando lo que los autores denominan “radicalismo rígido”: una cultura de sospecha, competencia y pureza ideológica que termina debilitando la capacidad de acción colectiva. Frente a estas dinámicas, la experiencia de participar con otras personas en la construcción de alternativas puede convertirse en una fuente de alegría política, entendida como el descubrimiento de capacidades que individualmente parecían inalcanzables.

Las victorias de Serbia, Brasil y Estados Unidos no anuncian por sí mismas una nueva etapa democrática. Como he apuntado, sus causas son diversas y sus consecuencias permanecen abiertas, pero nos permiten recordar algo que la resignación política tiende a ocultar, que los equilibrios de poder pueden cambiar cuando la ciudadanía encuentra motivos y espacios para organizarse, participar y disputar democráticamente las decisiones que afectan a su vida.

Las movilizaciones estudiantiles serbias, las redes comunitarias que sostienen nuevas candidaturas progresistas y las experiencias de cooperación entre sectores social y políticamente diversos muestran la importancia de recuperar la experiencia de descubrir, en la acción compartida, capacidades que individualmente parecían inalcanzables. La brutalización y el miedo solo pueden ser combatidos activando la militancia alegre, una alegría que puede y debe convivir con la indignación, el esfuerzo y la incertidumbre, y que nace de los vínculos de confianza, reconocimiento y solidaridad construidos en la propia movilización. Porque la participación social y política debe ser una experiencia anticipada de la sociedad que aspiramos a construir, una forma de vivir en el presente relaciones más libres, igualitarias y solidarias.

Ahí reside la clave de la revitalización democrática que necesitamos en estos tiempos de oscuridad: conseguir que la esperanza encuentre sustento en la experiencia cotidiana de actuar con otras personas, incluso cuando los resultados sean inciertos. La tarea de la transformación del mundo comienza mucho antes de acudir a las urnas y continúa después de conocer sus resultados; exige construir organizaciones, vínculos sociales y proyectos compartidos capaces de transformar el malestar en participación y las victorias electorales en cambios duraderos. Y, sobre todo, recuperar una política en la que participar merezca la pena por lo que podemos conseguir colectivamente y por lo que, al hacerlo, somos capaces de construir entre todas y todos.

Nunca como hoy resulta tan necesario recordar lo que, hace ya siete décadas, planteaba Hannah Arendt en el prefacio de Hombres en tiempos de oscuridad: “Que aun en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y que dicha iluminación puede provenir menos de las teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que algunos hombres y mujeres reflejarán en sus trabajos y sus vidas bajo casi cualquier circunstancia y sobre la época que les tocó vivir en la tierra […] Ojos tan acostumbrados a la oscuridad como los nuestros apenas podrán distinguir si su luz fue la luz de una vela o la de un sol brillante. Pero para mí, una evaluación tan objetiva es más una cuestión de importancia secundaria que puede ser dejada para la posteridad”.

Sigamos prendiendo luces, también nosotras.

Publicado en elDiario.es (7 noviembre)

viernes, 6 de noviembre de 2026

Yo era MA. En recuerdo de Txaber Gaztelu


No creo equivocarme si afirmo que una gran mayoría de las chavalas y chavales de Alonsotegi nacidos en los años sesenta del pasado siglo sabríamos responder, sin dudar demasiado, si alguien nos preguntara si éramos del CRO, del MA o del ÑON. No eran las siglas de ninguno de los muchos grupúsculos políticos que proliferaron durante la Transición. Era la peculiar manera en que Txaber, don Javier, nos distribuía por voces en la coral Gure Ametsa.

La clasificación procedía de uno de nuestros mayores éxitos, dicho esto con una buena dosis de humor: la canción El hombre de Cromañón, cuyo estribillo interpretábamos divididos en tres grupos, desde las voces más agudas hasta las más graves: «¡Hombre de crooooo! ¡Hombre de maaaa! ¡Hombre de ñooooon!». Por cierto, yo era MA.

He recordado aquella clasificación al conocer la muerte de Javier Gaztelu, Txaber, a los 90 años. Y con ella han regresado muchos otros recuerdos de una infancia y una adolescencia en las que su presencia tuvo una importancia que seguramente entonces no éramos capaces de valorar.

Txaber fue uno de aquellos curas que contribuyeron a remover la vida de nuestros pueblos durante los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia. Al menos en mi caso, no recuerdo que lo hiciera mediante grandes discursos teológicos. De hecho, no sabría reproducir una sola de sus homilías. Lo que recuerdo es su extraordinaria capacidad para conectar con la gente, especialmente con quienes éramos más jóvenes, a través de la música, la cultura, el euskera, el monte y la convivencia.

Era euskaldun, melómano y montañero. Con él subí mi primer dosmil, el San Lorenzo, en Ezcaray, una de esas pequeñas grandes conquistas que permanecen en la memoria de quienes hemos seguido frecuentando las montañas. Y con él cantamos mucho, ensayamos y compartimos experiencias que, sin que entonces fuéramos conscientes de ello, también nos estaban educando.

La coral Gure Ametsa fue bastante más que una agrupación musical. Fue un espacio de encuentro, de aprendizaje y de pertenencia. Una forma de hacer pueblo, de reunir a distintas generaciones y de descubrir que podíamos hacer cosas juntas. En 2017, cuando el Ayuntamiento de Alonsotegi reconoció públicamente su trayectoria, destacó precisamente esa capacidad para unir a jóvenes y mayores en torno a la música. Quienes participamos en aquella experiencia sabemos bien de qué hablaban.

Después continuó desarrollando esa misma actividad en otros lugares, donde también dejó una profunda huella comunitaria. Parece que allí, como antes en Alonsotegi, entendió que una parroquia podía ser un lugar abierto a la vida cultural y social de su entorno.

He leído que su familia recuerda dos palabras que repetía con frecuencia: askatasuna eta maitasuna, libertad y amor. No sé si entonces llegué a escuchárselas, pero me parece que describen bastante bien lo que yo conservo de su paso por Alonsotegi. Una manera de relacionarse con la gente desde la cercanía, la alegría y el deseo de compartir aquello que le apasionaba.

Naturalmente, cada persona tendrá su propia experiencia y sus propios recuerdos de Txaber. Así ocurre con cualquiera que haya formado parte de la vida de una comunidad durante tantos años. Los míos son felices y agradecidos. Y están asociados a canciones, excursiones, amistades y descubrimientos que forman parte de lo mejor de aquellos años.

Hoy, tantos años después, sigo siendo MA. Y me gusta pensar que, si nos reuniéramos de nuevo quienes formamos aquella coral, todavía sabríamos cuándo nos toca entrar en el estribillo.

Un abrazo, Txaber. Eskerrik asko.

domingo, 1 de noviembre de 2026

De las calles a las urnas: la lección serbia

 


El 1 de noviembre de 2024, el derrumbe de una marquesina de la estación ferroviaria de la localidad de Novi Sad, recientemente reformada, provocó la muerte de dieciséis personas. Lo que inicialmente podía parecer una tragedia causada por deficiencias constructivas se convirtió en el símbolo de un sistema político atravesado por la corrupción, el clientelismo y la impunidad. La indignación ciudadana encontró en el movimiento estudiantil una forma de organización y de expresión que, durante casi dos años, ha mantenido viva una movilización democrática de extraordinaria amplitud. Este 25 de octubre de 2026, esa movilización ha culminado en una victoria electoral histórica.

La Lista Estudiantil (Studentska lista – Studenti pobeđuju, «Lista Estudiantil – Los estudiantes vencen») ha obtenido, según los resultados provisionales, el 52,65 % de los votos, frente al 39,22 % de la coalición Serbia Unida, encabezada por Aleksandar Vučić, cuyo partido, el Partido Progresista Serbio (SNS), ha dominado la política serbia desde 2012. Pero en estas elecciones más de 2,2 millones de personas han respaldado una candidatura nacida de las protestas, con una participación cercana al 69 %, aproximadamente diez puntos superior a la registrada en las anteriores elecciones legislativas. La diferencia de más de medio millón de votos y la mayoría absoluta parlamentaria que se perfila (alrededor de 140 escaños en un Parlamento de 250) expresan la magnitud de una transformación política que nadie habría imaginado cuando comenzaron las primeras concentraciones estudiantiles.

La experiencia serbia merece nuestra atención por lo que enseña acerca de las posibilidades de la acción colectiva en sociedades formalmente democráticas cuyas instituciones han sufrido un prolongado deterioro. Durante años, Vučić consolidó un sistema de poder apoyado en el control de importantes recursos institucionales, el clientelismo y una posición dominante en el espacio mediático. Por su parte la oposición, dividida y desacreditada ante amplios sectores de la ciudadanía, había sido incapaz de construir una alternativa suficientemente sólida. Fueron las y los estudiantes quienes consiguieron alterar esa situación.

Su fuerza procedía, en buena medida, de una forma de organización nada habitual en la política institucional. Las asambleas universitarias, conocidas como plenums, se convirtieron en espacios de deliberación y decisión colectiva y la ausencia de un liderazgo personal reconocible dificultó la estrategia gubernamental de desacreditar o neutralizar a quienes encabezaban las protestas. La organización descentralizada permitió sostener movilizaciones, coordinar acciones y extender progresivamente el movimiento más allá de las universidades. Con el paso del tiempo profesionales, agricultores, docentes y personas de muy distintas edades y condiciones sociales fueron incorporándose a una protesta que dejó de ser exclusivamente estudiantil para convertirse en una impugnación general de la corrupción y de la degradación democrática. De este modo, la reivindicación inicial de responsabilidades por las muertes de Novi Sad fue ampliándose hasta cuestionar la subordinación de las instituciones a los intereses del poder político.

También resulta fundamental destacar el carácter mayoritariamente noviolento de la movilización. La noviolencia ha sido una práctica organizada que ha contribuido a preservar la legitimidad del movimiento, incluso frente a las provocaciones, las campañas de descalificación y los episodios de represión. Su importancia va más allá de la ausencia de enfrentamientos violentos y se ha expresado en un repertorio sostenido de acciones de resistencia civil, desde los bloqueos universitarios y las ocupaciones de espacios públicos hasta las marchas multitudinarias, los minutos de silencio por las víctimas de Novi Sad y las iniciativas de desobediencia civil. Esta orientación ha facilitado la incorporación de sectores sociales muy diversos, al reducir los costes y riesgos de participación, y ha dificultado los intentos gubernamentales de presentar las protestas como una amenaza para el orden público. La persistencia de la movilización ha permitido transformar la indignación inicial en una capacidad organizada de resistencia y presión política, y su eficacia recuerda una enseñanza fundamental de las investigaciones sobre resistencia civil: que la fuerza de la acción noviolenta se basa en su capacidad para ampliar la participación, mantener la cohesión y erosionar los apoyos sociales e institucionales del poder al que se enfrenta.

Una de las acciones más expresivas del movimiento fue la convocatoria «¡Detente, Serbia!» (Zastani, Srbijo!). A las 11:52, la hora exacta del derrumbe de la estación de Novi Sad, inicialmente los viernes y luego a diario, miles de personas interrumpían sus actividades y permanecían inmóviles durante dieciséis minutos, uno por cada víctima. Se detenía el tráfico, las calles quedaban en silencio y la vida cotidiana se suspendía brevemente para recordar unas muertes cuyas responsabilidades seguían siendo objeto de exigencia pública. Aquel silencio compartido convirtió el duelo en una forma de desobediencia civil y mantuvo viva, semana tras semana, la reclamación de justicia. Su fuerza residía también en su sencillez, de manera que cualquier persona podía participar. La noviolencia adquiría así una dimensión colectiva, visible y profundamente perturbadora para la normalidad de un poder al que se exigían responsabilidades.

Este gesto convirtió el duelo en una práctica cotidiana de resistencia y permitió que participaran personas que difícilmente se habrían incorporado a formas más confrontativas de protesta. La experiencia serbia se incorpora así a una historia de resistencias civiles que han demostrado la capacidad de la acción colectiva para erosionar poderes aparentemente consolidados. Su eficacia depende de condiciones concretas: la amplitud social de la movilización, su persistencia, la capacidad organizativa, la construcción de alianzas y las oportunidades políticas existentes. En Serbia, esas condiciones han permitido que una protesta sostenida durante casi dos años se transformara finalmente en una mayoría electoral.

Pero quizá lo más interesante sea la manera en que el movimiento ha abordado el tránsito desde la movilización social hasta la representación política. La Lista Estudiantil ha promovido una candidatura integrada principalmente por personas procedentes de distintos ámbitos profesionales y sociales, evitando convertir a quienes habían protagonizado las protestas en una nueva élite política. Su legitimidad se ha construido desde abajo, mediante una experiencia compartida de organización y resistencia, y este proceso cuestiona la idea de que los partidos tradicionales poseen el monopolio de la iniciativa política y de que los movimientos sociales están condenados a limitarse a la protesta o a ejercer presión sobre quienes gobiernan. La sociedad civil puede convertirse en sujeto de transformación institucional cuando consigue articular sus demandas, sostener la movilización y construir instrumentos capaces de disputar el poder.

Hay, es cierto, una diferencia decisiva entre construir una mayoría contra un Gobierno y disponer de un proyecto compartido para gobernar. La Lista Estudiantil reúne sensibilidades ideológicas diversas, desde posiciones progresistas y europeístas hasta sectores conservadores y nacionalistas, y si bien su programa ha conseguido un amplio consenso alrededor de la lucha contra la corrupción, la independencia judicial, la transparencia y la recuperación del Estado de derecho, ha evitado definiciones concluyentes sobre cuestiones particularmente conflictivas, como Kosovo o las relaciones con Rusia y la Unión Europea. Esa heterogeneidad ha facilitado la construcción de una mayoría social transversal, pero plantea interrogantes sobre su capacidad para afrontar las decisiones económicas, sociales y territoriales que exige el ejercicio del Gobierno.

También será necesario comprobar hasta qué punto las formas de participación que dieron fuerza al movimiento encuentran continuidad en las nuevas instituciones. La organización asamblearia, la deliberación colectiva y la rendición de cuentas no pueden trasladarse mecánicamente al funcionamiento de un Estado, pero tampoco deberían desaparecer una vez conquistado el poder. Buena parte del significado democrático de esta victoria dependerá de que la ciudadanía conserve capacidad de iniciativa, vigilancia y control sobre quienes ahora van a representarla.

La lección serbia tiene especial interés en un momento en que tantas sociedades europeas parecen atrapadas entre el crecimiento de las fuerzas autoritarias, el desgaste de los partidos tradicionales y una desafección política que con frecuencia desemboca en la resignación o la abstención. El movimiento estudiantil serbio ha demostrado que esa desafección puede encontrar otro recorrido, y que la indignación ante la injusticia puede alimentar procesos de organización, reconstruir vínculos colectivos y devolver a la ciudadanía la confianza en su capacidad de intervenir sobre el curso de los acontecimientos. También han mostrado que la movilización social y la participación electoral pueden reforzarse mutuamente. Durante casi dos años, las calles, las plazas y las universidades fueron espacios de construcción de una alternativa democrática que finalmente encontró expresión en las urnas. La victoria electoral no se comprendería sin aquella movilización previa, y esta habría tenido un alcance político distinto si no hubiera conseguido disputar las instituciones.

Sería prematuro presentar el resultado serbio como la culminación de una revolución democrática, pues, si bien la alternancia en el Gobierno constituye una conquista importante, la transformación de las estructuras de poder, la recuperación de la independencia institucional y la construcción de una democracia más participativa siguen siendo tareas pendientes. La historia ofrece demasiados ejemplos de movimientos que, después de alcanzar el poder, terminaron reproduciendo algunas de las prácticas que habían combatido. Pero por ahora, Serbia nos deja una enseñanza, y es que incluso frente a sistemas de poder profundamente arraigados, la ciudadanía organizada puede abrir posibilidades políticas que parecían clausuradas. Durante casi dos años, miles de estudiantes y cientos de miles de personas sostuvieron una movilización cuyo desenlace nadie podía garantizar. Han conseguido cambiar el Gobierno y aunque queda por ver hasta dónde conseguirán cambiar la manera de gobernar, hoy toca celebrar.


PUBLICADO EN EL SALTO / HORDAGO, 4 noviembre

Eskoritas y Bagatza

Eskoritas o Eskorieta (642 m) y Bagatza o Pico de los Asnos (563 m) son dos cimas humildes situadas del Valle de Ayala (Aiaraldea), con excelentes vistas a la Sierra Sálvada (Gorobel), ideales para un paseo otoñal.


















viernes, 30 de octubre de 2026

Ceremonia

Leslie Marmon Silko
Ceremonia
Traducción de Noelia González Barrancos
Capitán Swing, 2025

"Hubo un tiempo en que bastaban las ceremonias tal y como se habían hecho hasta entonces para el mundo de ese momento. Pero una vez llegaron los blancos, los elementos de este mundo comenzaron a cambiar y fue necesario crear ceremonias nuevas, He hecho cambios en los rituales. esto genera una enorme desconfianza en la gente, pero solo este crecimiento mantiene fuertes las ceremonias".


Leslie Marmon Silko es una novelista, poeta y ensayista estadounidense, considerada una de las figuras fundamentales del renacimiento literario y artístico de los pueblos indígenas norteamericanos iniciado a finales de la década de 1960. De ascendencia mixta -laguna pueblo, mexicana y angloamericana-, creció en un entorno marcado por la convivencia de distintas tradiciones culturales. Su obra, profundamente vinculada a sus raíces indígenas, recupera los mitos, la memoria y las tradiciones orales del pueblo laguna, que reelabora literariamente para abordar cuestiones relacionadas con la identidad, la pertenencia cultural y la experiencia histórica de las comunidades indígenas.

Publicada originalmente en 1977, Ceremonia es una novela sobre las heridas que deja la violencia, la pérdida de las raíces culturales y la posibilidad de reconstruir una vida cuando el mundo al que pertenecíamos parece haberse desmoronado, pero también una profunda reflexión sobre nuestra relación con la naturaleza, sobre la memoria colectiva y sobre la necesidad de encontrar formas de resistencia que permitan interrumpir la reproducción del sufrimiento y la destrucción.

Su protagonista, Tayo, es un joven de ascendencia mixta, indígena y blanca, que regresa a su comunidad de Laguna Pueblo, en Nuevo México, después de combatir en la Segunda Guerra Mundial. Vuelve traumatizado por la experiencia bélica, atormentado por la muerte de su primo Rocky y por recuerdos que no consigue ordenar, pero su sufrimiento tiene raíces más profundas, más allá de su experiencia en la guerra, pues Tayo vive desgarrado entre dos mundos, marcado por el desprecio racial y la desposesión cultural. Todo ello ha terminado por hacerle perder cualquier sentimiento de pertenencia.

La medicina convencional "blanca" apenas consigue aliviarlo y su recuperación solo comenzará cuando entre en contacto con una sabiduría ancestral que entiende la enfermedad como una ruptura de los vínculos que sostienen la existencia. A través de una ceremonia de sanación, Tayo emprende un recorrido que le permitirá reconstruir, dolorosamente, su relación con la comunidad, con la tierra y con su propia historia. Como le enseña Betonie, el curandero navajo que lo acompaña en este proceso, lo que Tayo necesita no es recuperar intactas unas tradiciones supuestamente inmutables sino transformadas, porque también el mundo cambia.

Este es uno de los aspectos más característicos y sugerentes de la novela. Leslie Marmon Silko rechaza una concepción folclórica de las culturas indígenas, como si fueran reliquias de un pasado condenado a desaparecer, y presenta la tradición como una sabiduría viva, capaz de incorporar nuevas experiencias y de ofrecer respuestas a sufrimientos contemporáneos. Del mismo modo, la identidad deja de entenderse como una pertenencia cerrada y homogénea y la propia condición mestiza de Tayo, inicialmente vivida como una fuente de vergüenza y extrañamiento, se convierte en una posibilidad de reconciliación.

La estructura narrativa del libro responde a esta misma concepción del mundo, de modo que la autora entrelaza tiempos, recuerdos, relatos míticos, poemas y acontecimientos cotidianos, rompiendo la linealidad de la narración occidental convencional. Las historias tradicionales del pueblo laguna dialogan con la experiencia de Tayo, mostrando que el pasado continúa actuando sobre el presente y que las vidas individuales forman parte de una trama colectiva mucho más amplia. Esta forma de narrar exige una lectura atenta, pero constituye una de las mayores riquezas literarias de la obra.



Hay también en la novela una poderosa dimensión política y ecológica. La guerra, el colonialismo, el racismo y la destrucción de la naturaleza aparecen relacionados por una misma lógica de dominación, alimentada por la separación entre los seres humanos y el mundo del que forman parte. Frente a ella, Leslie Marmon Silko propone una ética de la interdependencia, en la que sanar significa recuperar la conciencia de nuestra responsabilidad hacia las demás personas, los animales, las plantas y la tierra. Por ello, la sanación individual de Tayo resulta inseparable de una reparación colectiva que afecta a la memoria, a la cultura y a la relación con el territorio y la historia de su pueblo. 

En uno de los momentos decisivos de la novela, cuando se enfrenta a la posibilidad de responder violentamente a la crueldad que presencia, Tayo comprende que hacerlo significaría completar el círculo de destrucción del que intenta escapar. Su negativa a reproducir la violencia no supone resignarse ante la injusticia, sino cuestionar la lógica que permite perpetuarla; porque la violencia tiene una extraordinaria capacidad para reproducirse, porque consigue que quienes han sido sus víctimas terminen adoptando la lógica de quienes la ejercen. Su decisión de contenerse constituye un acto de resistencia que exige reconocer la violencia, enfrentarse a sus consecuencias y negarse a prolongar su dominio sobre nuestras vidas. En este sentido, la ceremonia a la que se somete Tayo puede leerse también como una práctica de noviolencia, como un proceso mediante el cual alguien que ha sido profundamente herido recupera la capacidad de actuar sin dejarse gobernar por el odio. Interrumpir la violencia significa impedir que el daño recibido determine inevitablemente el daño que causaremos.

Por todo lo dicho Ceremonia es una novela exigente, a veces desconcertante, pero de una extraordinaria belleza, cuya lectura nos sitúa ante una pregunta que trasciende la experiencia histórica de los pueblos indígenas norteamericanos: ¿cómo podemos reparar un mundo herido sin recurrir a las mismas formas de violencia que lo han destruido? Leslie Marmon Silko encuentra una respuesta en la memoria, en el cuidado de los vínculos, en la interrupción de la destrucción como una manera de comenzar a reparar el mundo y en la capacidad de las comunidades para seguir contando historias que hagan posible la vida.